Capítulo 17
La economía ecológica:  
el enfoque entrópico
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El valor de los recursos naturales

Atribuir valor a los recursos naturales es una tarea difícil. En primer lugar, porque la medida que se utiliza generalmente  para su ponderación es de tipo monetaria y el dinero y la naturaleza se gobiernan por distintas leyes. Como decía muy bien Soddy (1926), el dinero se rige por las leyes de las matemáticas, mientras que la naturaleza se rige por las leyes de la fisica.  La matemática permite que las cantidades se incrementen de acuerdo a la regla del interés compuesto, y otras análogas, mientras que la física está regida por la segunda ley de la termodinámica: la degradación entrópica.  Esta dicotomía fundamental explica la dificultad que existe para la valoración monetaria de los bienes y elementos naturales. 

El agua es el principal recurso natural. De ella dependen todos los procesos biológicos, e incluso el ADN, la molécula de la vida, está constituida estructuralmente por varias capas polares de moléculas de agua. 

El cuerpo de las personas está formado en un 70 % de agua y de una manera u otra, todas las actividades humanas requieren de la presencia del vital líquido.

La cantidad de agua que existe en la Tierra se mantiene relativamente estable. Tanto las pérdidas al espacio como la llegada de moléculas de agua (o de sus átomos constituyentes: hidrógeno y oxígeno), son insignificantes. El volumen de agua del planeta es enorme: 1,500 millones de quilómetros cúbicos, o sea 1.5 x 1018 m3. Aún si se deja de lado el agua salada y se considera solamente el agua “dulce” , el volumen total sería cien billones (1013) de metros cúbicos. Si esta cantidad fuera distribuida entre todos los habitantes del planeta, a cada uno le corresponderían 18,000 metros cúbicos, o sea, ¡18 millones de litros por persona!

A ello hay que agregar los acuíferos de agua dulce, que son 30 veces más abundantes que los anteriores. Si incluyéramos las aguas subterráneas en la distribución antedicha, el total per cápita ascendería a 600,000 m3 (600 millones de litros).

En términos abstractos, este volumen parece ser más que suficiente para satisfacer todas las necesidades humanas actuales y del futuro cercano.

En los hechos, las cantidades disponibles son mucho menores. En primer lugar, porque la función natural de las aguas no es su uso exclusivo por las sociedades humanas.  El agua es también sustento  principal de todos los ecosistemas existentes en el planeta.   De la disponibilidad hídrica depende pues la propia subsistencia de la biósfera, tal como la conocemos.

Ello determina que para utilizar el agua sin causar daños a la naturaleza, y por ende indirectamente a las sociedades humanas, hay que tener en cuenta los ciclos bío-hidrológicos.  Por esa razón, el uso de agua está limitado por las necesidades de las configuraciones específicas de los ecosistemas locales, regionales y globales. 

Además de esta limitante principal, que con frecuencia de olvida, existen muchas otras que se relacionan con la necesidad de mantener la productividad de los sistemas hídricos para posibilitar su aprovechamiento futuro. 

Desde el punto de vista ambiental, el agua disponible es tan sólo la porción del agua renovable que se puede extraer para uso humano sin perjudicar las supervivencia de los biosistemas. 

Por otra parte, hay que considerar que gran parte del agua renovable y utilizable en forma sostenible, no es fácilmente accesible. Ya sea por la profundidad de las napas, o la distancia a las fuentes de agua superficiales su aprovechamiento se encuentra considerablemente limitado. 

En las zonas áridas la disponibilidad de agua está restringida, y ello es natural, pues estas áreas están definidas por la carencia de agua.

La paradoja contemporánea es que incluso en las zonas húmedas hay escasez del vital líquido: áreas rodeadas de agua, como la ciudad de Buenos Aires, o zonas de altísima pluviosidad como Sao Paulo, en Brasil, están teniendo serios problemas de abastecimiento de agua potable. 

En los hechos, el problema principal que los seres humanos están experimentando con el agua es sobre todo de calidad y en mucho menor grado de cantidad. La degradación entrópica causada por el consumo humano afecta intensamente la calidad del agua, y en menor grado los volúmenes.

La cuestión consiste en que el reciclado natural producido por la energía solar (evaporación, fotosíntesis) no alcanza para purificar todas las aguas residuales que se producen continuamente en todo el planeta.

Las sociedades contemporáneas están convirtiendo el mundo de aguas naturales en un mundo de aguas residuales.

Estamos asistiendo a un enorme proceso entrópico acelerado que conduce, en el corto plazo, a la disminución de las aguas de buena calidad, aptas para diferentes usos, que son sustituidas por aguas de baja calidad, que requieren insumos energéticos para ser utilizadas, y ello afecta, no sólo el funcionamiento mismo de las sociedades, sino la supervivencia de los ecosistemas naturales con la consecuente pérdida de calidad ambiental de las zonas afectadas.

Debido a los crecientes volúmenes de aguas residuales de origen humano,  que para peor están concentrados en áreas relativamente reducidas, los procesos de reciclado natural resultan insuficientes para lograr su purificación.

Como la energía solar que cae sobre la superficie de La Tierra es limitada y las zonas cubiertas de vegetación se encuentran en franca disminución, los fenómenos de depuración natural son insuficientes para digerir los crecientes volúmenes de aguas contaminadas provenientes de las ciudades, zonas industriales y campos agrícolas. 

En cierta medida se busca corregir esa situación a través de la instalación de plantas o sistemas de tratamiento de diverso tipo. Los procesos de tratamiento se realizan utilizando directa o indirectamente, voluminosas cantidades de combustibles fósiles .  Sabemos que los combustibles fósiles son energía solar del pasado, acumulada en volúmenes finitos. Cuando se acaben el petróleo, el gas y el carbón, nos volveremos a quedar con la única fuente realista de energía renovable: la radiación solar . 

Esto nos conduce directa y lógicamente al tema que nos ocupa: el del valor del agua. En general, lo que da valor al agua es sobre todo su calidad. Las aguas de ciertas calidades (por ejemplo tóxicas) pueden tener valor definible como “negativo”, pues exigen grandes cantidades de energía para ser eliminadas o tratadas para su ulterior utilización, mientras que otras aguas que no requieren ningún tratamiento pueden tener gran valor. En otras palabras, lo que le da valor al agua es sobre todo la “calidad en cantidad”, y más precisamente, los volúmenes de una cierta calidad. 

Por esa razón, hemos procurado desarrollar una metodología para analizar la disponibilidad y aptitud de uso de las aguas, y al mismo tiempo, proporcionar un índice rápido para la toma de decisiones en el campo de la gestión hídrica.

Como la calidad del agua no es un parámetro invariable, sino que, cambia constantemente a lo largo del ciclo hídrico y como resultado del uso, se requiere de un instrumento de análisis que pueda considerar estas variaciones y tenerlas en cuenta en los cálculos de valor.
 

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